De concordatos va la cosa

Un concordato “es un tratado o convenio sobre asuntos eclesiásticos que un Estado hace con la Santa Sede“.

 

Los tratados, convenios o acuerdos “normales” se basan en derechos, con sus obligaciones correlativas. En este caso no.

En el Concordato la única obligación que tenía la Iglesia católica era la de rezar por el caudillo de España. Y sí, lo hicieron muy bien, todo hay que decirlo. Cuarenta años les duró. Desde que murió ya no tienen obligaciones.

Ahora que sabemos que la Iglesia católica carece de obligaciones en ese Concordato sorprende ver la cantidad de derechos que ahí constan. Son muchos. Y estos derechos, base de sus “asuntos eclesiásticos”, no son, digamos, muy constitucionales.
Van desde el derecho a impartir, en los centros de enseñanza pública, clases de “Verdad única” a niños hasta el derecho a no pagar ni un puñetero impuesto por sus actividades, sean cuales sean, pasando por el derecho a la financiación de todos sus sueldos y gastos así como los costes de mantenimiento de sus edificios, mansiones y monumentos históricos (aunque luego tengamos que pagar de nuevo para verlos, en el mejor de los casos).

 

Todo pagado, como siempre, por los ciudadanos. Todos pagan a la Iglesia, sin importar que no profesen su religión. O que no profesen ninguna. Tanto da. Todos tenemos que colaborar con la Iglesia católica, la empresa líder autorizada para evangelizar y manipular a nivel estatal y con más de quince siglos de experiencia. Sólo ella es propietaria de la palabra “Concordato” así como de su significado o interpretación. Y no importa que en la Constitución se declare España abierta e hipócritamente aconfesional, el Concordato “viene de más arriba”. Algo divino, vaya. Y si algo no quedara recogido o mencionado en esa lista de derechos siempre queda el Código de Derecho Canónico que sirve justo para legitimar lo ilegitimable. No le basta a la Iglesia con controlar varios medios de comunicación y prensa, las mejores universidades y colegios privados. Ni le basta la posesión (y su asociada rentabilidad) de magníficas y numerosas obras de arte, patrimonio universal. No le resulta suficiente contar con el apoyo político, de derechas pero también de izquierdas, y de organizaciones tan poderosas como el Opus Dei o la Compañía de Jesús que han servido a la burguesía de trampolín al poder y de medio de control doctrinal de la clase dirigente. No, no. La Iglesia católica lo quiere todo, que propagarse en una sociedad con formación y libertad de expresión es, lo saben de sobras, muy difícil.

En Francia, país laico por excelencia, he oído que está todavía en vigor todo o parte del Concordato que había durante la ocupación Nazi y en Alemania sigue vigente el que pactaron Hitler y Pio XII. Otro Papa "infalible". Tan "infalible" como el actual, que sigue condenando los condones aunque sirvan para evitar muertes.

Sin embargo, tanto en Alemania como en Francia la Iglesia se financia a través de sus fieles, sólo de sus fieles.

Es por todos rumoreado que las famosas casillas de la Declaración de la Renta en España son, en parte, una tontería. Ciertamente esos ingresos representan una pequeñísima parte de lo que, anualmente, percibe la Iglesia católica en nuestro país. El resto, el mogollón, el gobierno se lo da directa o indirectamente, “vía Concordato” y a través de los Presupuestos Generales del Estado.

 

Si no he entendido mal, la cosa es que si marcas la casilla “Iglesia católica”, el 0,52% de esos impuestos se lo lleva directamente esta sagrada institución, un extra por su buen comportamiento, lógico. Si sólo marcas “ONG” se lo llevan las ONGs pero, es bueno saberlo y también reconocerlo, muchas de esas ONGs pertenecen a la misma Iglesia católica. Como Cáritas, que es la segunda más beneficiada de todas. Si no marcas ninguna casilla se lo lleva todo el Estado… y luego le da a la Iglesia católica “su parte”. Y si marcas las dos casillas se monta una fiesta ahí de tres pares de cojones: la Iglesia recibe directamente, también a través de sus ONGs y, como siempre, de las arcas del Estado. Y no hay que olvidar que de esas mismas arcas luego sale (o no) el dinero para construir carreteras, actualizar hospitales, ayudar a otros países o mejorar nuestro sistema educativo. Cosas que todos, aquí sí vale la palabra “todos”, queremos, merecemos y necesitamos.

El tercer y último Concordato fue gestado en 1953, durante la dictadura de Franco.
Ese Concordato, vigente todavía, es tremendo. Viola la Declaración Universal de Derechos Humanos en los artículos 2, 18, 19, 20, 25 y 26. Vale la pena leerlo. Es hasta gracioso y todo, según se mire.

A modo de ejemplo, su primer artículo era “La Religión Católica, Apostólica Romana, sigue siendo la única de la Nación española y gozará de los derechos y de las prerrogativas que le corresponden en conformidad con la Ley Divina y el Derecho Canónico” y el segundo empieza con “El Estado español reconoce a la Iglesia Católica el carácter de sociedad perfecta”.

En 3 de enero de 1979 se modificó el Concordato de 1953, para que pareciera que encajaba en una España recién democrática. Toca asuntos jurídicos, económicos, educativos y culturales. Los educativos, obviamente, son los asuntos que más daño han hecho y siguen haciendo a la sociedad española. Dicha reforma se tuvo que hacer rápido, en cuatro o cinco días. Días, dicen, llenos de presiones y chantajes. Justito acababa de nacer la Constitución, el 27 de diciembre de 1978, y no estaba el horno para bollos.

Evidentemente era y sigue siendo casi tan inconstitucional como la original. Me gustaría ver las caras de algunos de los actuales políticos, tan defensores de la Constitución, si alguien cuestionara, por fin, esos “asuntos eclesiásticos” ante un Comité Constitucional. Algunos se iban a quedar sin legionarios.
Igual esa revisión de 1979 se hizo justo en nochevieja. Eso lo explicaría todo, un poco de alcohol de más en las venas, mucha fiesta, ruido de fondo, la magia de la Santa Sede, licores de las monjitas del convento, un par de cantos gregorianos y ya tenemos un Santo Pedal de fin de año en toda regla. O, simplemente, desde el gobierno no se pensó que esta tontería iba a durar tantos años. Y es que 27 años “autofinanciándose” a costa del Estado parecía muy poco probable, incluso tratándose de una institución con el currículum de la Iglesia católica.

 

Y supongo que para meter este gol, para colar este “maquillaje” lo antes posible, fue todo gestionado como una reforma del Concordato vigente. Ciertamente todos sus artículos fueron cambiados aunque no en su naturaleza, sólo en su forma. Hoy la Iglesia católica habla del Concordato de 1979 para que la cosa no parezca tan jurásica; abiertamente se ve que el texto hace continuas referencias al “Concordato vigente de 1953″. No hay dudas jurídicas pero 1979 suena como más nuevo, ¿verdad? suena más democrático que 1953.

Durante la época del franquismo, apostatar parece ser que era cosa de locos ya que te convertías, de repente, en un tipo subversivo, un rojo a perseguir o a controlar.Las parroquias no tenían inconveniente en anotar en tu acta bautismal tu condición de apóstata. Allá tú, pensarían. Cuando la dictadura acabó, en muchos sitios se dejó esta práctica, ya no tenía sentido. Quizá de ahí provenga la actual “anarquía eclesíastica” en torno a este tema.

En el artículo 16.3 de la Constitución se lee “Ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones”. Gracias al Concordato ni los poderes públicos tienen en cuenta las creencias de la sociedad española actual ni, por ello, pueden mantener unas correctas “consiguientes relaciones”, ni con la Iglesia católica ni con las demás confesiones.

 

Por otro lado, la Iglesia católica se ampara, como siempre, en el maldito Concordato para pasar olímpicamente de la aplicación de la Ley Orgánica 15/1999, de 13 de diciembre, de Protección de Datos de Carácter Personal y negarse a eliminar nuestros datos de sus archivos. En ocasiones, ni siquiera nos quieren considerar apóstatas. Otras veces dicen que el registro de bautismo no es identificable con la pertenencia a la Iglesia católica, cuando sí lo es. Y se quedan tan anchos. Eso si contestan, claro. A veces hay que insistir. Eso, por los comentarios que he leído en esta web, depende de cada parroquia y, si me apuras, hasta del día de la semana que sea. Si cae en domingo jodida la hemos.

La Agencia de Protección de Datos (AGPD) dice que las partidas bautismales no son consideradas como un caso de vulneración de la intimidad pero, por otro lado el uso de esa información personal (como establecer el número de católicos en base a esa información) sin el permiso de los interesados por parte de las parroquias sí lo es, por lo que se puede solicitar un certificado de apostasía en el Obispado y luego exigir adjuntarlo a la partida.

Se ha de seguir luchando ahí. Uno de los grandes secretos de la Iglesia católica es el número de apóstatas. Tarde o temprano lo tendrán que hacer público, se tendrá que regular y el Concordato deberá ser reformado profundamente.

Los dirigentes de esta milenaria institución tendrán que asumir que cada vez se bautizan o inscriben a menos bebés y que cada vez somos más los que hemos apostatado. Y es que hay muchas razones para apostatar.

La realidad que no quiere afrontar la Iglesia católica es que cuando tenga que mantenerse sólo con los ingresos de sus fieles más comprometidos… tendrá que renovarse.

Para saber más y mejor

 


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