Oscurantismo cristiano

No me gustan los best-seller, ni siquiera hablo de ellos para criticarlos, prefiero condenarlos a mi indiferencia, aunque sólo sea para compensar y devolverle algo de justicia a la vida. Suelen tener mala calidad literaria, mucho fondo y poca forma; son desequilibrados, vanidosos y groseros. Pero voy a romper una lanza a favor de uno que, aunque lógicamente no me gustó como obra literaria, más bien me irritó bastante –por favor, no me dejen sola, que alguien reconozca que el autor no sabe escribir, ni tiene técnica narrativa ni ritmo argumental-, le he de reconocer la labor social que ha estado haciendo estos últimos años. “El Código da Vinci” será una bazofia artística, pero ha sacudido las mentes opiáceas de los cristianos y ha levantado el polvo acumulado en las arrugas de sus caras. Aunque sólo sea para salir en defensa del cristianismo de nuestros abuelos, se han tenido que tragar por fin una verdad como un templo que les ha causado, como poco, indigestión, y a más de uno, diarrea.


El autor no se ha inventado nada, se ha limitado a hacer un thriller de unos argumentos históricos que han estado desde los años 70 a disposición de cualquiera en las bibliotecas y universidades. El hombre no ha descifrado ningún jeroglífico ni resuelto ningún misterio; no dice nada que un aficionado a la historia antigua no supiera ya. Y aun así, a muy pocos cristianos ha convencido. Más bien diría yo que a ninguno, pero han tenido que esgrimir argumentos para defenderse. Han tenido que levantarse de las cómodas cátedras que viste de autoridad la fe y bajarse al reino de la historia (reino posiblemente científico, o al menos eso intentamos hacer de ella sus acólitos) para vociferar en nuestro idioma.


Fui un domingo cualquiera hará un año a la catedral de San Pablo en Londres a escuchar a la orquestra tocar el Réquiem de Mozart, y de paso a perder mi vista en la gran cúpula y sus frescos, que siempre me hipnotizan. Y cuán grata fue mi sorpresa al empezar a escuchar a la sacerdotisa (sí, hijos míos, los anglicanos tienen mujeres que ofician la sagrada comunión, y hasta obispos negros… es que en este país nuestro tenemos lo peor de lo peor, lo más retrógrado y conservador: el catolicismo nacionalista) lanzar el sermón sobre “El Código da Vinci”. Desde luego no fue para alabarlo, ni para hacer una crítica literaria, pero tuvo que hablar de él. Seguramente la situación debió repatearle el hígado hasta hacerle escupir bilis en forma de esas palabras iracundas: la ciencia vuelve a torcerles el brazo, la opinión pública exige explicaciones (¿opinión?, ¿su público?, ¿dónde se ha visto? ¿en qué estamos degenerando?) y ellos en los atrios deben dar explicaciones de sus cometidos históricos. Les revienta que se les obligue a explicarse: la fe es justo lo contrario. Percibía el olor a agrio y resentido en sus pieles desde mi asiento. Desde lo alto del púlpito, la mujer apelaba a la fe (ciega cieguísima, naturalmente) delante de una multitud en ayunas que tomaba notas mentales de cómo defenderse delante de sus hijos cuando se les haya obligado en la escuela a leerse el libro. Yo me partía de la risa. Cuánta degradación junta, cuánto patetismo. Dan Brown, desde su incompetencia literaria, sin arte ni concierto, ha obligado a los cristianos a desacreditar, una vez más, a la ciencia en favor de dios. Lo malo para ellos es que ya no estamos en la Edad Media, y no se puede condenar al anatema a Galileo ni a Copérnico. Y si se hace -que para anacrónica, la Iglesia- seguramente no les importaría un rábano; quizás hasta se colgaran el certificado de excomunión enmarcado, entre sus títulos de Física y premios expedidos por el gobierno de todas las naciones.


Yo es que todavía me hago cruces sobre la incultura generalizada entre los cristianos. De verdad, me exaspera que ninguno lea ni un libro de historia sobre la época de Jesús y los primeros años del cristianismo primitivo. Me recuerda a la situación aquella en que el amo tiene en la oscuridad intelectual al esclavo para poder manipularlo a su gusto. Incluso a veces se me antoja ver en tanta ignorancia voluntaria las quemas colectivas y fanáticas de libros de los años 40. Yo no tengo nada en contra de la fe, lo he dicho hasta cansarme, al contrario, me fascina como fenómeno, digamos, meteorológico, pero lo tengo todo contra el oscurantismo de los cristianos irreflexivos, que deben ser el 90%. ¿Cómo es posible que sólo cuatro de ellos hubieran oído hablar de la biblioteca de Nag Hammadi antes de que saliera publicado “El Código da Vinci”?, ¿pero cómo se atreven?, ¿cómo tienen la desfachatez de ir por el mundo orgullosos de amar a Jesús si no conocen el Evangelio de Tomás ni el de Matías?, ¿cómo osan bautizarnos desde el analfabetismo y la inopia? Me dan ganas de vomitar.

La fe, señores, no esta reñida con la cultura (ver Cintio Vitier), ni con la sabiduría (que se lo digan a Salomón), ni con el conocimiento (la Biblia no lo explica todo, de verdad, créanme). Hace falta, y mucha, higiene educativa e intelectual en la religión. Pero ante todo, se necesita vergüenza, que la ignorancia es muy atrevida.


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